21 días de ayuno – día 14

23COMPRENDIENDO LA EDIFICACIÓN   

Muchos cristianos son bastante correctos en cuanto a la conducta y parecen ser muy espirituales, pero lamentablemente son sólo piedras aisladas. Pueden incluso ser piedras preciosas, pero si están aisladas, no serán de mucha utilidad para el propósito eterno de Dios. Las piedras del edificio de Dios no se destinan a la alabanza de los hombres. Pero, lamentablemente, algunos líderes imaginan que la casa de Dios es algún tipo de colección de piedras. A ellos les gusta apreciar y mostrar las muchas piedras amontonadas los domingos. Sin embargo, un montón de piedras no es un edificio y no puede ser una vivienda para la gloria de Dios.   

El Señor desea una casa, y no una infinidad de piedras preciosas aisladas, destinadas a componer una exposición. Nuestra gran necesidad hoy es ser edificados juntos en la vida de la célula. Si ganamos muchas personas, pero no las edificamos como parte del edificio de Dios, nuestro trabajo puede ser en vano. Cuando aprendemos a ser edificados, tenemos victoria, santificación, poder, plenitud de Dios y riqueza espiritual. Todo depende de ser encajados y edificados en el edificio de Dios. No es suficiente recoger piedras y traerlas a la célula, hay que edificar esas piedras, colocándoles en el edificio de la casa de Dios.  

La realidad en la mayoría de las iglesias hoy es que las personas buscan poder espiritual individualmente, buscan una vida de santidad ignorando a los demás miembros del cuerpo. El hecho es que, cuanto más buscan, más pobres se vuelven. Todos necesitamos abandonar nuestro individualismo y abrirnos para ser edificados junto con otros hermanos en la vida de la célula. Todos nuestros problemas son consecuencia de una sola cosa: somos muy individualistas e independientes, estamos desvinculados unos de otros. Es por eso que somos acosados ​​por fracasos y debilidades. ¿Tienes algún pecado que te presione, el cual no puedas vencer? Cuando se disponga a ser vinculado y edificado con otros hermanos, usted descubrirá cómo su pecado puede ser superado.  

Al comienzo de mi vida cristiana, yo no conocía ese principio, pero como era miembro de una pequeña iglesia cuyos miembros eran muy vinculados, pude percibir el poder de estar edificado espiritualmente con los hermanos. Con el paso de los años, aprendí que sólo necesitaba habitar en el cuerpo, pues cuando estamos ligados a los hermanos de forma práctica, la vida del cuerpo tiene el poder de limpiarnos y hasta de darnos fuerza. Mientras un miembro está conectado al cuerpo, todo estará bien con él. Por más que tenga dificultades, el cuerpo lo suplirá y lo guardará. Supongamos que su mano está separada de su cuerpo, pero continúa esforzándose para funcionar y ser sana. Su objetivo es ser útil, pero todo lo que conseguirá será pasar una imagen de algo aterrorizante y feo. Somos miembros del cuerpo de Cristo y necesitamos estar encajados en él de forma práctica. Sólo tenemos utilidad dentro del cuerpo. Sólo encontramos realización cuando somos una piedra viva del templo.

Como cristiano, usted es capaz de apuntar a otros miembros específicos del cuerpo de Cristo con quien se relaciona de manera práctica? Este asunto no es una cuestión de doctrina o de espiritualidad etérea, sino de realidad práctica. El único camino para ser un creyente victorioso es estar vinculado.

Es lamentable que no se oiga casi nada en el medio evangélico acerca del edificio de Dios, de su morada eterna, de la verdadera relación del cuerpo de Cristo en esta tierra. La intención del Señor es que cada célula sea una expresión de la iglesia. Cada célula necesita ser como un cuerpo con muchos miembros bien encajados y edificados en comunión y unidad. Necesitamos entonces comprender de manera práctica cómo podemos construir el cuerpo de Cristo, la casa de Dios. Los apóstoles usaban la parábola de la casa de piedra para explicar esta verdad. El pastor Eddy Leo, en una de sus ministraciones en Goiânia, nos dio una clara comprensión de esa ilustración. Para construir un edificio, necesitamos cinco elementos fundamentales y no podemos prescindir de ninguno de ellos. Estos cinco elementos relacionados con los cinco ministerios citados en Efesios 4:11 y que deben ser observados en la vida normal de la célula, pues tales ministerios se constituyeron para la formación de los santos a fin de que éstos desempeñan el servicio de edificación de la casa de Dios:

 «Y él mismo concedió unos para apóstoles, otros para profetas, otros para evangelistas y otros para pastores y maestros, con vistas al perfeccionamiento de los santos para el desempeño de su servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» (Ef. 4:11-12)

El servicio de los santos es la edificación del cuerpo de Cristo. Este es nuestro trabajo. Cualquier propósito diferente de éste está fuera del propósito eterno de Dios. Todos los santos deben ser entrenados para hacer la obra de construcción, y ninguno de nosotros puede quedarse fuera del trabajo de edificación de la casa de Dios.

1. LA PLANTA DE LA EDIFICACIÓN

El primer elemento necesario para construir una casa es el proyecto, la planta. ¿Cómo sabemos dónde colocar cada piedra? ¿Cómo conseguimos dar la forma a las piedras? ¿Cuál es el estándar? Para eso, necesitamos la planta de la construcción, y todos los trabajadores involucrados en la obra de edificación necesitan saber cómo leer ese proyecto, que ya fue dado por los apóstoles. Este aspecto es función del ministerio apostólico.

Y por eso necesitamos el ministerio apostólico para hacer la obra de edificación de la casa de Dios. Cada miembro de la célula necesita saber leer la planta y conocer el propósito eterno, no sólo el líder de la célula, sino todos los miembros. Este es el problema de muchas iglesias en la célula: los miembros no saben lo que es la casa de Dios, tratan la célula sólo como un grupo pequeño y trabajan de acuerdo con su propio entendimiento. Por eso, rápidamente la célula se vuelve una obra humana y acaba muriendo. Para tratar este problema, necesitamos el ministerio apostólico. Y lo que estoy compartiendo aquí acerca del propósito eterno de Dios es, de hecho, la planta del edificio

2. LA COLECCIÓN DE LAS PIEDRA

Una vez que conocemos la planta, la visión de la casa, entonces necesitamos salir para recoger las piedras. Así, nuestro segundo paso es encontrar las piedras vivas. Necesitamos encontrar el lugar donde hay piedras y llevarlas al lugar de la construcción, lo que apunta al evangelismo. Dios nos lleva a buscar piedras muertas y transportarlas al reino de la luz, donde se convierten en piedras vivas. Después, se vuelven piedras lavadas y, más adelante, piedras buriladas.
Sólo traer las piedras y lavarlas no es suficiente. No podemos tomar la piedra bruta y usarla en la edificación. Algunas piedras son muy grandes y no caben en el espacio de la construcción. En ese caso, deben ser rotos para ser edificados. Hay piedras que se hallan grandes y preciosas para formar parte de la construcción de una célula tan simple. Y, mientras piensan así, no son edificadas, encajadas ni vinculadas en la construcción.   

Hay piedras que son muy ásperas. Otras tienen astillas cortantes y acaban heridas las piedras que están a su lado en la construcción. También hay las que no les gusta la construcción local y viven rodando de una iglesia a otra. Son piedras, pero aún no están listas para la edificación, sus antiguos hábitos necesitan ser cambiados.  

Muchas iglesias son buenas en recoger piedras, pero porque no están orientadas por el propósito eterno, paran en ese punto. Ellas sólo juntan piedras, pero eso no es una casa, es sólo una pila de piedras. Algunos pastores se llenan de codicia y empiezan a desear las piedras de otra construcción local, entonces van y las roban. Ellos desean tener muchas piedras no porque quieran edificar, sino porque son coleccionistas de piedras vivas y se vanaglorian de su enorme colección. A ellos les gusta hacer una exposición semanal mostrando su inmenso conjunto de piedras preciosas. Pero algo que aprendí es que las piedras que están edificadas y encajadas en la construcción no pueden ser llevadas. Sólo las que están sueltas son llevadas. Si una persona no permaneció en la célula es porque todavía no estaba apropiadamente edificada, pues nadie lleva la piedra que está asentada en la pared. Sin embargo, la piedra amontonada puede ser fácilmente llevada.

El propósito de Dios no es tener un recinto de piedras, un montón de rocas. Él desea tener su casa. Para ello, es necesario que las piedras sean edificadas, amalgamadas y vinculadas en la construcción. Por lo tanto, no es el tamaño o la cantidad de piedras que importa, sino la edificación. Dios no puede habitar en medio de un montón de piedras. Por eso muchas iglesias poseen la presencia de Dios, pero aún no son la habitación de Dios. Ellos realmente disfrutan de una fuerte presencia de Dios, pero ella no es permanente. Cuando nos convertimos en casa para Dios, su presencia no se ausenta, sino que se manifiesta en todo tiempo.
Cuando dos o tres piedras están reunidas, el Señor se hace presente, pero si esas piedras se niegan a ser edificadas y a convertirse en la habitación de Dios, la presencia del Señor se va. Es como si Él dijese: «Y bueno estar aquí con ustedes, pero necesito un lugar donde pueda reposar.» La presencia del Señor será constante si se edifica juntos, como Su casa espiritual.  

3. LAS PIEDRAS DEBEN SER BURILADAS

Como salimos y recogimos muchas piedras por el evangelismo, ahora nuestra construcción está llena de piedras, pero ellas no están listas para la edificación. En este punto, necesitamos el tercer elemento: el ministerio de enseñanza. En esta obra, necesitaremos romper algunas piedras y tallar otras para sacar las aristas, y el ministerio que hace eso es el de enseñanza. Necesitamos enseñar y discípular unos a otros, pues en la casa de Dios todo se hace a través de la reciprocidad:  

«Habita, ricamente, en vosotros la palabra de Cristo; instrúyanse y aconsejaros mutuamente en toda sabiduría, alabando a Dios, con salmos, e himnos, y cánticos espirituales, con gratitud, en vuestro corazón. (Cl 3:16)    

Un gran problema que algunas iglesias enfrentan es que el discipulado se convierte en una relación exclusivista y controladora. El discípulo sólo acepta ser enseñado y exhortado por su discipulador, y éste, a su vez, no admite que nadie venga a instruir a su discípulo. Este no es el espíritu de la casa de Dios, pues en ella todo se hace unos a otros.    

Cuando hago parte de la edificación de una célula, debo aceptar que un hermano me exhorta, aunque tenga menos conocimiento que yo. Necesito recibir el consejo de otro, aunque él no sea el líder o pastor. En el texto de Colosenses, Pablo enseña que, en la casa de Dios, nos instruimos mutuamente, es decir, nos enseñamos unos a otros. Pero hay aquellos que sólo aceptan aprender con el discipulador. En la misma carta, Pablo dice que debemos también aconsejarnos mutuamente. Sin embargo, hay aquellos que sólo aceptan consejos del pastor y, aún así, dentro de la oficina pastoral. Ver que, cuando hablamos de enseñanza, tenemos en mente la enseñanza de una familia, donde cada uno es edificado por el otro en amor. Si no enseñamos a los hermanos, no estarán listos para ser edificados.

Para ser edificada, cada piedra debe tener determinado tamaño forma y textura, y el patrón que debemos seguir es el de la piedra angular, es decir, el Señor Jesús. Él es la piedra angular a la cual todas las otras necesitan estar alineadas. Pero Jesús no es sólo la piedra angular. Él es también la piedra de esquina. La piedra angular era la piedra que servía de cimiento, donde toda la construcción se apoyaba, pero la piedra de esquina era aquella colocada para dar la plomada y la dirección del edificio. Así, es el Señor quien determina la base y la pluma para cada piedra viva. Recuerde que todos somos piedras vivas y constructores al mismo tiempo.

La mayoría de las iglesias en las células tienen estos tres ministerios, pero sólo ellos no son suficientes para edificar la casa de Dios. Necesitamos el trabajo de los otros dos.

4. LAS PIEDRAS DEBEN SER ENCAJADAS

Preparadas las piedras, necesitamos ahora el cuarto ministerio, que va a colocar cada piedra en el lugar correcto y cementarlas unas en otras para que cada una tenga una buena relación y esté ligada a las demás. Este es el ministerio pastoral. Todos necesitamos cuidar unos de otros, y necesitamos estar atentos para que cada piedra esté edificada en su propio lugar. Además, estas piedras necesitan mantenimiento y cuidado para mantenerse siempre en una buena condición   

5. EL CONTROL DE CALIDAD  

El ministerio profético es el último elemento necesario para la construcción de la casa de Dios. Es el responsable del control de calidad. Cuando construimos, necesitamos cuidar para que la construcción esté de acuerdo con el proyecto. Este es un trabajo de supervisión. Por lo tanto, si percibimos que estamos construyendo de manera equivocada, necesitamos exhortarnos unos a otros. Si alguien, por ejemplo, está edificando fuera de la planta, necesitamos traerlo de vuelta. Por otro lado, si estamos haciendo todo correctamente, el ministerio profético confirmará el trabajo hecho y nos motivará a hacer lo que aún falta.  

Toda la construcción es un lugar muy desordenado, mucho ruido y esto puede ser muy agotador. En realidad, podemos hacernos daño mientras construimos y, por eso, nos sentimos desanimados. En ese momento, el ministerio profético viene para confortar, pues él tiene tres funciones: exhortar, edificar y confortar.
Una de las razones por las que muchos se quedan cansados ​​y desanimados en la edificación de la célula es porque se olvidan de que cada célula es como una construcción. Y puedo decir que pocas cosas son tan motivadoras como una construcción, pero también tan agotadoras y estresantes. El trabajo casi nunca ocurre en el tiempo previsto ni en la calidad esperada. Necesitamos hacer constantes correcciones, y eso nos desanima. Por eso, necesitamos el ministerio profético para venir y recordarnos que estamos construyendo una casa para Dios. Él nos alienta y motiva a continuar, pues todo trabajador en la construcción necesita de aliento, principalmente los líderes.

Además, la construcción no se puede hacer de forma desleal, necesitamos supervisarla todo el tiempo. Recuerde que cada creyente es, al mismo tiempo, constructor y piedra viva. Si dejamos a los creyentes edificadores sin supervisión y entrenamiento, no podrán terminar el proyecto. Esto también nos hace ver cómo es seria y peligrosa la edificación de la iglesia. Una construcción hecha de forma equivocada puede ruir y lastimar a mucha gente. En realidad, toda construcción es un lugar peligroso. Hay riesgos por todas partes y, si no sabemos cómo edificar, podremos hacernos daño y herir a mucha gente. Conozco muchas piedras que han sido estropeadas por constructores ineptos, y necesitamos invertir mucho tiempo para hacerlas propias para la edificación de nuevo.  

Otro aspecto importante es que, sin supervisión, los trabajadores se vuelven perezosos. La construcción es un lugar donde los trabajadores les gusta dejar de hablar. Si los mandamos a buscar más piedras, ellos huyen del trabajo. Por otro lado, puede ser que los trabajadores estén muy motivados, pero no tengan mucha habilidad y acaben rompiendo las piedras, inutilizándolas para la edificación. Todo esto sucede por falta de supervisión y entrenamiento.

Para que el proyecto sea realizado, necesitamos de supervisores, de ellos la responsabilidad de entrenar, equipar y también chequear si la obra está siendo hecha correctamente. El trabajo de supervisión es una clase de ministerio profético.
Pablo dice que la obra de edificación es hecha por todos los creyentes, pero los creyentes son entrenados por los cinco ministerios: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Estos ministerios pueden ser vistos como personas o como disciplinas que deben ser impartidas a todos los creyentes para que la obra del ministerio suceda. De una forma u otra, siempre tendremos hermanos que actuarán en los ministerios, aunque no tengan título alguno. Lo importante no son los títulos, sino la realidad de la edificación.   

¿CÓMO PODEMOS COOPERAR EN LA EDIFICACIÓN DE LA IGLESIA?

A) NECESITAMOS EN LOS REUNIR

De nada sirve hablar de edificación si somos individualistas y aislados. La reunión es extremadamente importante para la edificación del cuerpo. Cuando estamos en Cristo, sentimos necesidad de los demás miembros del cuerpo. Cuando nacemos de nuevo, desarrollamos un profundo sentimiento de que necesitamos de los demás y no podemos vivir aislados de los demás hermanos. Juan dijo que el que es nacido de Dios ama a los hermanos. Sería una contradicción decir que amamos a los hermanos si no deseamos está con ellos. El amor siempre resulta en comunión.

Algunas veces, me pregunto si algunas personas realmente nacieron de nuevo. Ellas viven como si hubieran simplemente cambiado de religión. Y ese cambio de religión sin cambio de vida puede ser muy penoso. Tales personas no poseen una nueva vida en su espíritu y, aún así, se les exige un nuevo vivir. Esto es muy penoso y extremadamente difícil. Es como pedir a un perro que vuele. Si él consiguiera recibir la vida y la forma de un pájaro no necesitaría ninguna orden para volar, él simplemente volaría espontáneamente.  

Necesitamos percibir que nacemos de nuevo y recibimos a la persona de Cristo dentro de nosotros. Ahora, el Cristo que habita en nosotros simplemente es atraído por otros que poseen el mismo Cristo, el mismo tipo de vida. Es algo completamente espontáneo. Podemos tener muchas dificultades en el día a día, falta de tiempo y horarios difíciles, pero siempre habrá en el corazón de los nacidos de Dios un anhelo por la comunión, por la reunión de los santos.

B) NECESITAMOS CRECER EN EL SEÑOR   

Textos como 1 Pedro 2:2, Efesios 2:21 y 4:15 muestran claramente que la edificación de la iglesia sólo es posible por el crecimiento de los miembros:

«Pero, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en lo que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo bien ajustado y consolidado por el auxilio de toda junta, según la justa cooperación de cada parte, efectúa su propio aumento para la edificación de sí mismo en amor». (Ef. 4:5-16) 

Sólo un cuerpo crecido puede expresar apropiadamente al Señor. Necesitamos tratar con nuestro pecado, nuestro mundanismo y nuestro ego. Para crecer, necesitamos llenarnos de la vida de Cristo, pues, cuando estamos llenos del Señor y ministramos al Señor, entonces la vida abundante de Cristo se manifiesta. Todo lo que necesitamos para crecer es vida fluyendo. Crecer hasta la madurez es una exigencia básica para todos los santos para que haya edificación de la iglesia.

C) NECESITAMOS FUNCIONAR COMO MINISTROS

Todos somos ministros y todos somos miembros del cuerpo. Si somos ministros, necesitamos ministrar al cuerpo. Si somos miembros, necesitamos funcionar de acuerdo con el don que el Espíritu nos ha concedido. Si una persona no puede funcionar adecuadamente, esto puede ser una señal de que todavía no ha crecido lo suficiente. Sin crecimiento, no sabemos cómo funciona. Por eso, la primera condición para edificar es crecer.

D) TODOS NECESITAMOS HABLAR

En la vida de la célula, el hablar es fundamental. Recuerde siempre que no edificamos un grupo pequeño, pero edificamos iglesias en las células. La célula edificada apropiadamente es una expresión de la iglesia. En la reunión de celebración, no podemos hablar, pero, en la célula, hablar es una forma de edificar la casa de Dios. Si no hablamos, no crecimos ni conseguimos ministrar de acuerdo con nuestro don.

Necesitamos ser cuidadosos, sin embargo, para no tener un hablar negativo. Hay varios tipos de palabras negativas que destruyen en lugar de edificar. El primer tipo es el chisme, y no hay que decir cuánto puede ser destructivo. Otro hablar extremadamente destructivo es la crítica. No debemos tener palabras de crítica en nuestras células. Incluso cuando tenemos que exhortar, debemos hacerlo de forma positiva. Recuerde siempre que es por la boca que la mayor parte de las enfermedades naturales se propagan, y no es diferente en la vida espiritual.

Ayuno de 21 días – día 13

LA EDIFICACIÓN ES UN ENCARGO  

Nuestro encargo es edificar una iglesia de vencedores, donde cada miembro es un sacerdote y cada casa, una extensión de la iglesia, conquistando así nuestra generación para Cristo a través de células que se multiplican. Esta es nuestra visión, nuestra declaración de propósito. La primera parte de ella dice que nuestro encargo es edificar una iglesia de vencedores.

UNA IGLESIA DE VENCEDORES

  ¿Qué es ser una iglesia de vencedores? Es una iglesia que cumple el propósito de Dios. ¿Y cuál es ese propósito? Tener un grupo de personas a su imagen y semejanza. Dios desea llenar al hombre con él mismo, con su vida, para expresarlo, para que así el hombre tenga su dominio y lo represente en la tierra.   

El hombre fue creado como un vaso para contener a Dios dentro de sí. Hemos sido hechos como un guante para contener a Dios. El guante es la imagen y la semejanza de la mano, pero la mano es la realidad del guante. Un guante se crea conforme a la semejanza de la mano, con el propósito de contenerla. Igualmente, el hombre fue creado a la imagen del Señor, con el propósito de contener la Divinidad.  

Una vez que el hombre recibe a Dios como vida dentro de sí mismo, se convierte en un instrumento en sus manos. Para que el hombre fuese usado como instrumento, Dios le dio el siguiente orden:  

«Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sujetadla; domina sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y sobre todo animal que se arrastra por la tierra». (Gn 1:28)

Crecer y multiplicar – La primer orden dada al hombre, en la vieja creación, fue para crecer y multiplicarse. La misma orden nos es dada hoy en la nueva creación. Todos recibimos la orden de crecer y multiplicar (Mt 28:20, Mc 16:15). La diferencia es que Adán se multiplicaba como alma viviente. Hoy, sin embargo, nos multiplicamos por el espíritu de vida (1Co 15).  

Una iglesia de vencedores, por lo tanto, es aquella que cumple el propósito original de Dios: crecimiento y multiplicación. No hay como cumplir el propósito de Dios sin fecundidad y multiplicación. Por eso, nuestra visión exige la multiplicación de cada célula al menos una vez al año. Un líder vencedor es el que se multiplica.

Dios también dijo al hombre: para dominar, es decir, le dio autoridad para ejercer el dominio como si fuera el propio Dios. Cualquiera que viera a Adán sabría que él representaba a Dios, pues era semejante al Creador en todo.

Conserve en su mente estas dos palabras: imagen y dominio. Porque tenemos la imagen, ejercemos el dominio. La imagen es para expresar (el propio Dios) y el dominio es para ejercer autoridad (de Dios).

Todos necesitamos lidiar con el enemigo, sujetándolo en todas las esferas de nuestras vidas (Mt 16:19, 18:18, Rm 16:20). Sujetar al enemigo significa vencerlo en todas las circunstancias y no dejarlo tomar ventaja en ningún momento.  

Cuando sujetamos y ejercemos dominio, decimos que estamos cumpliendo la visión de que cada creyente es un ministro. El ministro sujeta y domina a través de la oración y la autoridad en el nombre de Jesús.  

Así, una iglesia de vencedores es aquella que crece y se multiplica. Pero ella también ejerce dominio, porque posee la imagen de Dios en su carácter. Guarde el doble propósito de Dios. Primero, Él quiere tener al hombre a su imagen para ejercer dominio, es decir, para ser un ministro. En segundo lugar, Dios desea que ese hombre se multiplique. Una iglesia de vencedores tiene la visión de conquistar su generación para Cristo.  

No sólo somos salvos, sino vencedores. El entendimiento común en el medio evangélico es que todo creyente es un vencedor. De hecho, esto es parcialmente cierto.

«En todas estas cosas, sin embargo, somos más que vencedores, por medio de aquel que nos amó». (Rm 8:37)

En verdad, todo creyente es legalmente un vencedor, a causa de la victoria de Cristo. Pero, experimentalmente, muchos viven como derrotados. Los creyentes vencedores cumplen el propósito de Dios, mientras que los derrotados ignoran y desprecian el encargo de Dios para esta generación.  

Hay una diferencia entre posición legal y posición experimental. La posición legal es lo que es nuestro por derecho, legalmente, ya somos más que vencedores. Cristo ya nos ha garantizado la victoria. En la cruz, y pagó el precio de nuestra redención y subyugó a todos los principados y potestades. Él venció y, así, porque estamos en Él, nosotros también.

Sin embargo, la posición experimental es algo muy diferente. Tomar algo de esa forma significa practicar algo que ya es una verdad legal. Hay muchos creyentes que, legalmente, son herederos de una gran fortuna, pero no experimentan eso, viven en una miseria absoluta. Siendo hijos del Rey, viven como si fueran esclavos.

En nuestra iglesia, adoptamos este lema: «Nuestro encargo es edificar una iglesia de vencedores». Los vencedores son aquellos creyentes que ya experimentan, en la práctica, aquello que les pertenece legalmente. Una cosa es ser salvo, otra es ser vencedor. A pesar de que todo creyente nacido de nuevo es ser un vencedor legalmente, sabemos que ésta no es la experiencia de todos. En verdad, hay muchos creyentes que son derrotados.

Tal vez usted no esté de acuerdo con esta tesis y me pregunte: «¿Estás diciendo que un creyente derrotado es salvo?». Entienda esto: la condición para que alguien obtenga la salvación es una, mientras que la condición para que el salvo se convierta en vencedor es otra. La salvación tiene que ver con la vida eterna, que es un regalo de Dios a todo aquel que cree. Sin embargo, convertirse en un vencedor es algo relacionado con el galardón y el reinado milenario con Cristo. La salvación se alcanza mediante la fe. La recompensa, sin embargo, es por las obras que practicar delante de Dios.  

La salvación (tener la vida eterna) es una cosa, mientras que el reino (ser vencedor) es otra. La recompensa es sólo para los vencedores. Usted puede tener la vida eterna, ser salvo, y aún así, vivir como un derrotado. Esta es una cuestión muy seria.   

Pocos se preocupan por la recompensa o el galardón que recibiremos ante Dios. Nadie se engañe pensando que recibiremos galardón porque aceptamos a Jesús. Galardón tiene que ver con el trabajo hecho para Dios.   

La gran recompensa de los creyentes será reinar con Cristo durante el milenio después de que Él regrese. Pero, si usted no está dispuesto ni siquiera a liderar una célula, ¿cómo podrá reinar con Cristo? Si no existe el deseo, el encargo, de multiplicar su célula una vez al año, no habrá galardón alguno.    

En una iglesia de vencedores, cada miembro es un ministro y todos se disponen a liderar una célula, multiplicándola una vez al año. La señal de que estamos actuando como una iglesia de vencedores es ver que las células se multiplican.  

CADA MIEMBRO, UN SACERDOTE

Nuestro encargo es edificar una iglesia de vencedores, donde cada miembro es un sacerdote.  

Nuestra visión es un encargo en nuestro corazón. Hay una diferencia entre cargo y encargo. Cargo es la posición que las personas asumen dentro de una organización. Encargo es un deseo profundo en el corazón compartido por aquellos que forman parte de un mismo organismo.

Encargo procede de un deseo profundo en el corazón, son sueños del espíritu, mientras que el cargo habla de posiciones que generan estatus. Quien trabaja por cargo necesita ser supervisado todo el tiempo, no tiene motivación para crear nada y sólo hace lo que mandan. Pero quien tiene cargo está dispuesto a dar la propia vida por el objetivo propuesto.

Hay dos tipos de líderes que no queremos en nuestra iglesia: aquellos que no hacen lo que se manda y aquellos que sólo hacen lo que se manda. Los primeros son ineficaces, y los segundos sólo tienen el cargo, pero no el encargo. Los líderes que recibieron el encargo no sólo hacen lo que se manda, sino que van más allá: ellos crean, sueñan y realizan más allá de lo que se les pidió. Son hombres que están dispuestos a verter sangre, sudor y lágrimas, como decía Winston Churchil.

Hay un gran impedimento a la visión de que cada creyente es un ministro: el clericalismo. Este sistema surgió dentro de la iglesia después del cuarto siglo y estableció que hay dos tipos de personas en la iglesia: los clérigos y los laicos. Aquellos especialmente dotados y capacitados son llamados clérigos (son los sacerdotes, reverendos, doctores en divinidades, etc.) La otra clase, la de los ignorantes e incapaces, es de laicos. El sistema de clérigos y laicos es totalmente maligno y una gran amenaza, pues anula completamente el concepto básico del sacerdocio universal de los creyentes, es decir, la verdad de que cada creyente es un ministro.  

Lamentablemente, en la mayoría de las iglesias, predomina el clericalismo, los miembros no funcionan, se han vuelto letárgicos. El enemigo ha logrado anestesiar a los miembros para que no funcionen. En nuestros días, hay dos tipos de clericalismo. En uno, los propios clérigos se colocan por encima de los laicos, afirmando que son ellos los que saben, los que conocen y, por lo tanto, son incontestables. Incluso llegan a prohibir a los miembros de predicar, enseñar o hacer cualquier otra cosa. En ese ambiente, la única función de los miembros es ir a la iglesia, sentarse en los bancos y mirar hacia adelante para oír al predicador.   

Cierto artista plástico fue invitado a pintar un cuadro que fuera el cuadro de la iglesia. Sorprendentemente, él pintó un montón de nalgas con dos ojos enormes por encima. Aquella pantalla, desgraciadamente, traduce la realidad de muchas iglesias: un montón de nalgas con dos ojos abultados. Los miembros sólo saben sentarse y mirar hacia adelante, nada más.   

El otro tipo de clericalismo es consecuencia del primero. En él, el pueblo está tan acostumbrado a la situación que contrata a un predicador profesional-un funcionario del púlpito- y exige que él haga la obra de Dios, mientras que los miembros apenas dan el dinero. En el primer caso, el clero prohíbe al pueblo de hablar; en el segundo, el pueblo se calla, deliberadamente, y contrata a un profesional para expresarse en su lugar.  

En la mayoría de las iglesias, no hay hoy ningún sentido de cuerpo de Cristo o estructura en la que los miembros puedan estar involucrados de manera funcional. A causa de esto, la mayoría, por decisión personal, elige sentarse en los bancos del edificio de la iglesia y no involucrarse. A diferencia de esta concepción, en la visión de las células, no hay como omitir o no involucrarse. El estar en la visión es estar comprometido.   

Los creyentes que no se involucran son creyentes parásitos. Ellos esperan ser mimados, ministrados y entretenidos por la iglesia. A cambio, se contabilizan en la estadística y, eventualmente, dan una ofrenda o algo parecido – para mantener «el sistema». Este tipo de creyentes forma parte del 85% de los miembros que son cargados y ministrados por el otro 15%.  

En la iglesia convencional, no hay ningún contexto en el cual el creyente pueda ser entrenado a producir, en vez de consumir. Ya en la iglesia en células, sus miembros tienen la oportunidad de desarrollar sus potenciales y convertirse en productivos. Lamentablemente, esta dinámica no se experimenta en la mayoría de las iglesias cristianas de hoy. Muchos de sus miembros frecuentan fortuitamente sólo las reuniones dominicales y no se disponen a involucrarse en los programas de actividades de sus iglesias. En consecuencia, se transforman sólo en otro dato estadístico del informe anual de actividades de la iglesia «X», que figura en el gráfico de los «calentadores de bancos», o en el de los «contribuyentes del sistema» o en el de los «espectadores sin importancia» `.

El sistema de Jesús fue diseñado para resultar en productores, no en consumidores o parásitos. En estos días, necesitamos retomar el fundamento del sacerdocio universal del creyente, la verdad de que cada uno de nosotros es un ministro (1 Pe 2:9).  

No existe en nuestra iglesia un departamento o un programa de células. Nuestro objetivo es mucho más ambicioso. Queremos restaurar el modelo de iglesia del Nuevo Testamento, con un nuevo tipo de miembro. Esto, en realidad, representa el restablecimiento del paradigma original de la iglesia. En él, el miembro ya no es un mero consumidor espiritual (en las tiendas de la iglesia), sino un productor útil y fructífero en la familia de Dios.

Muchos encaran a la iglesia como una prestadora de servicios espirituales en la que pueden buscar, cuando desean, una ministración fuerte, una palabra interesante, una clase apropiada para sus hijos, un ambiente agradable, y así sucesivamente. Cuando, por algún motivo, los servicios de la iglesia caen de calidad, esos consumidores salen en busca de otro centro comercial más eficiente. Los miembros así no tienen alianza con el cuerpo.   

Jesús nos llamó para hacer discípulos, y no sólo convertidos. Para ello, queremos ser un pueblo con una vida cristiana sólida, con la práctica regular de la oración y lectura de la Palabra de Dios. Queremos ser un pueblo cuyos hogares son calentados por el amor. Una comunidad que sirve a Dios con los dones en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, etc. En otras palabras, deseamos ser ministros.   

¿Cómo es el creyente que se convierte en un ministro? Hay una diferencia entre usted tener la visión y la visión «tenerle a usted». Tener una visión no es algo difícil. Basta con cambiar nuestra terminología. Sin embargo, ser conquistado por una visión es completamente diferente, pues implica un cambio de mentalidad.  

Cuando un creyente comprende que él debe producir, y no simplemente consumir, una verdadera revolución ocurre en su postura con respecto a la iglesia local. Él no se preocupa de saber lo que la iglesia puede ofrecerle. Antes, se preocupa de saber cómo puede ser útil a ella.  

Él no responsabiliza al pastor o algún líder por su crecimiento espiritual, porque sabe que puede y debe tener intimidad con Dios sin intermediario alguno. Él encara sus propias guerras y todavía tiene disposición para dar apoyo y socorro a los nuevos convertidos en sus guerras. Si tiene que mudarse a otra ciudad, sabe que la iglesia va junto con él. Sabe que, incluso lejos del edificio, la iglesia sucede donde está.     

Alguien conquistado por la visión es consciente de sus dones y que debe usarlos para la edificación de los otros miembros. A pesar de ser revolucionaria, no es nueva. Desde los tiempos de la Reforma Protestante, ya se hablaba en sacerdocio universal de los creyentes. Estamos apenas regresando a los orígenes y buscando vivir según el patrón de Dios.

CADA CASA, UNA EXTENSIÓN DE LA IGLESIA

Es algo realmente gratificante ver tantas personas funcionando como miembros del cuerpo vivo de Cristo. Tenemos el privilegio de ver una estructura funcionando con libertad, sin temores y permitiendo el desarrollo del pleno potencial de cada uno.

Veamos ahora el tercer aspecto de nuestra visión: cada casa es una extensión de la iglesia. El edificio donde nos reunimos no es el retrato de nuestra iglesia. Ella podría ser vista mejor como un tabernáculo en el desierto deambulando de un lugar a otro, sucediendo simultáneamente por toda la ciudad, en las casas.

En las células, existe una movilización natural para ayudar a los necesitados. Los más viejos enseñan a los más jóvenes lo que es ser creyente. Los pastores entrenan a los nuevos líderes para el desempeño del servicio, y todo el cuerpo se moviliza para la fiesta de la cosecha de almas. Al final, cada célula tiene como objetivo reproducirse y multiplicarse una vez al año. Hablamos todos una mismo lenguaje y hay una unanimidad santa de propósito entre nosotros. En nuestro corazón, sentimos que estamos volviendo a los primordios de la iglesia del primer siglo.

Somos una iglesia en las células. Cada institución es la cara del edificio donde se reúne, pero nuestra iglesia no existe en función del edificio donde los reunimos. Para nosotros, el edificio es sólo un lugar de entrenamiento y celebración. La vida normal de la iglesia ocurre en otros lugares, en nuestro día a día.

A pesar de que Dios ha habitado en un templo en el Antiguo Testamento, esto no sucede en el Nuevo Testamento. Hoy somos el templo de Dios. Él habita en nosotros. Así, bíblicamente hablando la iglesia del Nuevo Testamento posee un lugar de reunión, pero no tiene templos.

Los templos son una gran contradicción del cristianismo. En realidad, no existían hasta el segundo siglo. Si usted buscaba por la iglesia en el primer siglo, usted sería conducido a grupos de personas que se reunían en casas. No había un edificio especial. Sin embargo, ése fue el tiempo en que la iglesia más creció en número y en la vida espiritual.

En realidad, estos son los objetivos básicos de la iglesia: edificación y crecimiento en número, en fe y servicio. Los edificios en nada ayudan a que esto sea alcanzado. No estoy en contra del uso de edificios como lugares para la reunión de la iglesia. Creo que tienen muchas lecciones que nos enseñan.

A. PREDIOS HABLA DE INMOVILIDAD

El mover de Dios dice. «Ir!» (Mc 16:15), pero nuestros edificios nos dicen: «¡Quédense!». El mover de Dios dice: «¡Busquen los perdidos!», Pero los edificios nos dicen: «¡Dejen que ellos vengan hasta nosotros!

Una iglesia en células es un tabernáculo ambulante. Es siempre móvil, una peregrina. Nuestra identidad no está asociada a edificios. Ellos poseen una utilidad meramente funcional, y no existencial

B. PREDIOS HABLA DE INFLEXIBILIDAD

Haga usted mismo una prueba. Vaya a una iglesia para la cual el edificio sea la propia identidad de esa comunidad y evalúe el grado de apertura para cambios en medio de ellos. Puede estar seguro de que el resultado es cero. El edificio determina el tipo de iglesia que se reúne en él. Todo está en función del espacio disponible. Pero lo peor de la falta de flexibilidad es el estancamiento. Entra año, sale año y esa iglesia es la misma. ¿Sabes porque? Porque ella y el edificio se confunden. Los edificios cambian poco, principalmente cuando son caros y magníficos.   

En la antigüedad, los judíos guardaban vino en odres hechos de cuero de oveja. Estos odres a menudo se unían por fuera para no endurecerse y partir, perdiendo todo el vino. Así, la mayor necesidad de un buen odre era ser flexible. Esto era necesario a causa de la fermentación del vino, que emite gases y fuerza a la estructura del odre.   

Esta ilustración es increíblemente clara. Odres (estructuras) necesitan ser flexibles porque el vino (Espíritu Santo) es algo lleno de vida que produce movimientos y cambios eventuales de volumen. Y una buena manera de hacerlos flexibles es siempre mantenerlos llenos de aceite. Nosotros somos una iglesia flexible y abierta al mover de Dios justamente porque nuestra identidad está en las células.

C. PREDIOS HABLA DE IMPERSONALIZAD  

Por sí solo, los edificios son cosas impersonales. A pesar de inspirar el culto en algunos momentos, transpiran formalidad y distanciamiento. Podemos estar alegres y relajados, pero cuando entra en un «templo», somos alcanzados por un espíritu de impersonalidad. Nos volvemos inmediatamente fríos, distantes y formales.  

Este tipo de problema no existe cuando la vida de la iglesia extrapola los límites del edificio a través de las células. Ellas definen tanto nuestra liturgia como nuestra manera de existir como iglesia.

D. PREDIOS: HABLAMOS DE ORGULLO

Una de las motivaciones de la construcción de la Torre de Babel fue la perpetuación del nombre de sus constructores. Ellos querían hacerse célebres y famosos (Gn 11:4). Si, por un lado, los grupos están en busca de ostentación y gloria y se preocupan mucho de edificios, por otro, las células no tienen nada y están en todas partes: en las casas, en las escuelas, en las empresas. No tenemos en qué glorificarnos, sino en el poder de Dios.

Al usar la analogía del templo, no estamos diciendo que estamos en contra de los edificios, creemos que son inevitables. ¡Pero cuidado! Cuando la identidad de una iglesia está ligada al edificio, entonces la vida ya se ha ido. Lo que queda es una institución muerta.

Se acabó el tiempo en que la vida de la iglesia era algo que ocurría los domingos, en los templos. En una iglesia de vencedores, ser cristiano es un estilo de vida que practicamos en nuestro día a día. La iglesia sucede en todas partes: en las calles, en los colegios, en los supermercados, en los centros comerciales y, sobre todo, en las casas.

En una iglesia de vencedores, no reclutamos miembros, hacemos discípulos. Los miembros de iglesia no pueden alcanzar mucho para Dios. Discípulos, sin embargo, conquistan naciones. Si la visión entra en ti, donde vas, la iglesia irá junto. Si te mudas a otra ciudad, la iglesia irá junto a ti. No vaya a la iglesia, pero cargue la iglesia donde usted vaya.

 

 

21 días de ayuno – día 12

EL CRISTIANISMO NO ES RELIGIÓN

Vivimos en un tiempo de oscuridad en el que la verdad del evangelio fue sustituida por un tipo de religión humana. Pero la vida cristiana no es más que Cristo en nosotros. Transformar a Cristo en una religión es decir que su sacrificio en la cruz ha sido inútil y que necesitamos hacer algo por nosotros mismos para alcanzar la salvación.  

El día en que el Señor Jesús murió en la cruz, el evangelio dice que el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Pero hoy tenemos un templo reconstruido en San Pablo. Simplemente cosieron el velo que el Padre había rasgado.  

Construir un templo puede parecer algo inofensivo, ya que la mayoría de las denominaciones lo hacen. Pero la verdad es que están pasando un concepto, algo en lo que creen. Y, si creemos en el error, inevitablemente caeremos en el abismo.

La gente está acostumbrada a pensar en el cristianismo como una religión, pero el cristianismo no es una religión. Evidentemente, hablamos a las personas de fuera como si fuera una religión, para que ellas puedan entender, pero la verdad es que el cristianismo no es una religión.  

El cristianismo es creer correctamente. No es, ante todo, una cuestión de comportarse correctamente, sino de creer correctamente. Evidentemente, tendremos un comportamiento correcto, pero sólo como resultado de creer correctamente.  

Creer correctamente es importante porque nuestra fe afecta nuestro espíritu, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra vida financiera, familiar, profesional, en fin, cada aspecto de nuestra vida. Todo comportamiento es el resultado de una creencia. Una creencia errada siempre producirá un comportamiento incorrecto. Yo suelo decir que no existe teología neutra, pues aquello en que creemos siempre va a producir un estilo de vida como resultado.  

Basado en esto, puedo decir que una creencia equivocada puede destruir la edificación de la iglesia. Necesitamos rechazar todo espíritu religioso. El cristianismo no es una religión. El cristianismo es una cuestión fe, es definido por la fe. Es la fe que hace real la verdad del evangelio.

Pero la religión es siempre un sistema exterior y humano. Es el hombre tratando de pagar su entrada en el cielo. Debemos rechazar todo lo que procede de la religión. ¿Cómo podemos identificar conceptos y prácticas religiosas en la iglesia? Toda religión tiene cinco características básicas.

I. EL TEMPLISMO

Recientemente, una iglesia decidió construir el Templo de Salomón en la ciudad de San Pablo. Es la expresión máxima del templismo en los días de hoy. Me alegro de poder hablar de ese asunto con la libertad de quien habló contra el templismo por toda la vida. Nuestra visión es muy clara al respecto. No tenemos templos. Pero, ¿y los demás evangélicos? Todos ellos tienen templos. No pueden criticar esta obra.    

¿Y en cuanto a nosotros? Desgraciadamente, todavía tenemos algunas señales de templismo entre nosotros. Uno de ellos es el énfasis en la visita de Dios, y no en su habitación. En el Antiguo Testamento, había visitación, pero en el Nuevo Testamento, tenemos la habitación de Dios.

¿Qué prefiere, una visita de Dios o tenerlo habitando en usted eternamente? No hay duda de que la habitación es mucho mejor, pero aún así, todavía tenemos hermanos buscando una visita divina. Cuando buscamos una visita, estamos reconociendo que Él no habita con nosotros. Y, si Él no habita en nosotros, entonces transformamos nuestro culto en una búsqueda ansiosa para que Él venga a visitarnos. Esto hace que el culto de domingo sea visto como mucho más importante y poderoso.

Sin embargo, cuando vivimos de acuerdo con la verdad de que el Señor ahora reside en nosotros, nuestra actitud cambia completamente. Nos hacemos ministros afuera y no pensamos que perdemos la presencia de Dios cuando dejamos el culto.   

Todavía no hemos visto la verdadera revolución que está verdad puede producir. Cuando cada ministro que es sacerdote sabe que el Señor está en él y que la unción permanece sobre él, entonces él no será tímido para testificar, para orar con las personas y para confrontar las obras del diablo.

Una segunda señal de templismo es la idea de que nos quedamos más cerca de Dios en nuestro culto. ¿Podemos estar más cerca de Dios? Es increíble, pero cuando llegan al culto, muchos hermanos piensan que están lejos de Dios y necesitan acercarse.  

En el Antiguo Testamento, Dios habitaba primero en el tabernáculo y luego en el templo en Jerusalén. Hoy Él habita en cada creyente individualmente y en la iglesia como un cuerpo. Dios no habitaba en las personas en el tiempo del Antiguo Testamento. Así, si alguien quería adorar a Dios, necesitaba ir a Jerusalén, pues era allí donde Dios habitaba.

Según el concepto del Antiguo Testamento, estarías más cerca de Dios cuanto más cerca estuviera del templo. Un ciudadano común de Israel ciertamente envidiaba la intimidad que un sacerdote podía tener con Dios, ya que podía entrar en el Lugar Santo, algo que era prohibido al ciudadano común.

«El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él existe, siendo él Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuario hechos por manos humanas». (Hechos 17:24)

Nosotros somos el templo de Dios hoy. Estrictamente hablando, el cristianismo no posee edificios, ni templos. El judaísmo tenía un templo, nosotros no los tenemos más. Si volvemos a establecer edificios como templos, incurriremos en un retroceso al judaísmo.    

Necesitamos entender que somos el templo de Dios y que Dios no habita en edificios. Nosotros somos su morada. Dios no vive en el edificio de la iglesia. Cuando usted se va después del culto, Él lo acompaña. Él habita en ti, porque sagrado eres tú, y si estás lleno de Dios, donde tú seas, se vuelve sagrado también. Somos su templo y lo cargamos dentro de nosotros. Donde pisamos, Dios clava sus huellas; a donde llegamos, Dios llega junto.     

Para nosotros, el edificio es sólo un lugar de entrenamiento y celebración. La vida normal de la iglesia ocurre en otros lugares en nuestro día a día. A pesar de que en el Antiguo Testamento Dios habita en un templo, eso ya no sucede en el Nuevo Testamento. Hoy somos su templo, es en nosotros que Él habita. Así, biblicamente hablando, la iglesia del Nuevo Testamento posee un lugar de reunión, pero no tiene templos.   

2. EL LEGALISMO

La segunda característica fundamental de toda religión es la ley. No hay religión sin la ley. La ley es el centro de la vida de un religioso. Sólo se puede escribir en tablas de piedras, pero la ley de la Nueva Alianza, el Nuevo Testamento, se escribe en nuestros corazones (Heb 8:10). No podemos ser cristianos y aún continuar en el legalismo. ¿Eso significa que ya no estamos sujetos a ninguna ley? Por supuesto que cumplimos la ley. En verdad, nosotros que andamos en el Espíritu es que realmente cumplimos la ley.    

Otro día, un hermano vino a decirme que aprobaron una ley en Uganda, donde ser homosexual ahora era un crimen. Cualquiera que tuviera una práctica homosexual podría tomar más de diez años de cárcel. Aquel hermano aún tenía una mentalidad religiosa y estaba alegre pensando que aquella ley era del reino de Dios. ¡Pero cuánto engaño! «Yo le pregunté:» ¿De qué sirve una ley que me prohíbe algo si sigo siendo la misma persona? Sólo voy a hacer escondido con miedo del castigo de la ley, tal ley no tiene el poder de cambiar al hombre »  

¡Cuánta diferencia con el reino de Dios! En el reino de Dios, Señor no nos da una ley prohibiendo ser homosexual, pero Él nos transforma completamente cambiando nuestra naturaleza. El verdadero reino de Dios no es una ley, sino el nuevo nacimiento. Esta es la gloria del evangelio. Sólo el evangelio tiene poder para cambiar al hombre por dentro.   

Pero el religioso cree que la gente se vuelve más santa cuando están bajo alguna ley. Si no hay ley, pronto piensan que la gente caerá en el pecado. No se les ocurre que, en el reino, somos cambiados en nuestra naturaleza. Yo no mato porque existe una ley que me castigará si matare. Yo no mato porque soy nueva criatura y las tendencias homicidas fueron retiradas de mí.   

El Espíritu nos enseña acerca de todas las cosas. La ley del Espirito fue impresa dentro de nuestro propio espíritu y no necesitamos seguir la ley de Moisés, que está presente en todas las religiones. Toda religión es, en verdad, una imitación del judaísmo.   

Siguiendo la ley del Espíritu, acabamos por cumplir la ley de Moisés, porque la ley del Nuevo Testamento es superior. No se trata de una cuestión de decorar normas y reglas, sino de tener una persona viva residiendo dentro de nosotros. Nadie puede seguir la ley y cumplir plenamente la voluntad de Dios. Para eso, necesitamos tener la ley del Espíritu de la vida, una persona dentro de nosotros hablando con nosotros, orientándonos y dirigiéndonos.  

«El fin de la ley es Cristo para la justicia de todo aquel que en Él cree»(Rm 10:4). No debemos seguir las leyes exteriores. El Espíritu de la verdad nos conduce a toda verdad.  

3. EL CRERICALISMO

La tercera característica de la religión es el clericalismo. ¿Puedes percibir que estamos edificando algo que escapa completamente de la religión? Cuando realmente practicamos la visión de las células y la visión del evangelio, salimos de toda religión. La religión destruye la vida de Dios y daña el cuerpo de Cristo. Necesitamos rechazar todo espíritu religioso en nosotros. El problema es que, sutilmente, todavía tenemos resquicio del clericalismo. ¿Ya observó cómo creemos que ciertos líderes son más ungidos de Dios y que podemos recibir la unción a través de ellos? En el Antiguo Testamento, la unción no era derramada sobre todo israelita, sino sólo sobre reyes, sacerdotes y profetas. Sin embargo, no era una vivienda permanente, pero la unción venía sobre ellos sólo en algunos momentos. Muy diferente de eso, es la realidad del Nuevo Testamento. Hoy la unción habita en todos nosotros y permanece en nosotros.

Pero la verdad es que muchos van a los cultos cada domingo esperando recibir una nueva unción. Pero ¿necesitamos una nueva unción? Usted no necesita una nueva unción. Sólo necesitaríamos una nueva unción si la unción que poseíamos se acabase o se hiciera vieja. Pero la verdad del Nuevo Testamento es que la unción permanece en nosotros y no envejece.

Yo sé que afirmar esto puede ser muy complicado, pues estamos acostumbrados a recibir la ministración de la unción, estamos siempre buscando una nueva unción. Sin embargo, ¿usted sabía que la palabra unción «o» ungido «, refiriéndose a los creyentes, sólo se puede encontrar en sólo tres pasajes en el Nuevo Testamento?

«Pero el que nos confirma con vosotros en Cristo y nos ungió es Dios, que también nos selló y nos dio la prenda del Espíritu en nuestro corazón». (2 Co 1:21-22).

«Y vosotros poseéis unción que viene del Santo y todos tenéis conocimiento». (1 Jn 2:2)

«En cuanto a vosotros, la unción que de él recibiste permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que alguien os enseñe; pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas, y es verdadera, y no es falsa, permanece en él, como también ella os enseñó». (1 Jn 2:27)

Es común ver a una pareja diciendo poco después del culto: «¡Ahí como usted habló conmigo!” «Usted me hizo perder la unción!» El domingo siguiente, salen callados de la reunión vigilando para que la unción dure por lo menos hasta el final del día. No esperan que la unción permanezca con ellos toda la semana. Tenemos que rechazar esa mentalidad, de La unción que hemos recibido desde el principio va a permanecer con nosotros por toda nuestra vida.
Hay muchas sutilezas malignas que nos impiden percibir el clericalismo en nosotros. Otro día, un hermano preguntó a uno de nuestros líderes cómo él podría llegar a ser más íntimo de Dios y crecer en el Señor. El líder, sin parpadear, respondió que debía ir al seminario. Fue una respuesta simple que no tenía ninguna intención de inducir al error. El problema es que esta respuesta trae incrustada una mentalidad clerical. Y el pensamiento de que sólo pastores son íntimos de Dios y sólo ellos pudieron crecer, y por eso son mayores (más crecidos) que los demás.   

Si usted quiere crecer espiritualmente, necesita convertirse en un pastor o un misionero? Creciendo en la iglesia, he visto este pensamiento muchas veces en medio de los jóvenes: si usted es un joven creyente apasionado, entonces sólo hay realmente una dirección en la que pueda ir: usted debe ir a una escuela bíblica o un seminario, de modo que pueda hacerse un pastor o hacer algún tipo de misiones.     

¿Por qué? Porque este es el más santo llamado de Dios. Estos son aquellos que realmente toman en serio la vida cristiana y son realmente espirituales. Pero esta es una de las formas más perversas de pensar en el cuerpo de Cristo hoy – la idea de que hay algunos que son más santos y más llamados por Dios.   

Las Escrituras pintan un cuadro muy diferente. Todos fueron hechos uno con Cristo y poseen la vida de Dios residente en ellos. Todo creyente nacido de nuevo es ungido y todos tenemos un llamado maravilloso de Dios en nuestras vidas. Si se quiere un jugador de fútbol, ​​una ama de casa, un profesor, en ejecutivo, un conserje o pastor, todos somos llamados y tenemos la oportunidad de representar a Cristo y disfrutar de Él en el lugar donde fuimos colocados.   

En el Antiguo Testamento había una clase sacerdotal. Hoy, en los días del Nuevo Testamento, no existe una clase sacerdotal, pero todos los creyentes son sacerdotes del Señor, como dice Pedro:  

«Vosotros, sin embargo, sois raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo de propiedad exclusiva de Dios, para proclamar las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz». (1 Pe 2:9)   

Toda religión tiene algún tipo de clase clerical. Todas ellas poseen algún tipo de sacerdote que está por encima de las personas comunes, pero hoy todos somos uno en Cristo (Gál. 3.28).

4. EL RITUALISMO

En el Antiguo Testamento, el creyente confiaba en rituales y señales exteriores, como la circuncisión. Hoy, sin embargo, el cristianismo no es algo exterior, sino esencialmente interior y espiritual, algo que procede del corazón.

Aún hoy, muchos intentan introducir prácticas y ceremonias exteriores en la vida cristiana. En nuestro país, se hizo común los objetos bendecidos, como flores, aceite, monedas, etc. Esta es la señal más grande de la decadencia espiritual, pues estos mismos accesorios se convirtieron en parte del catolicismo en la Edad Media.

Los judaizantes se concentraban en una cosa exterior, la circuncisión, y la base de la fe. Pablo, sin embargo, muestra que las cosas exteriores no nos definen, él dice que ni la circuncisión es cosa alguna, ni la incircuncisión, sino el ser nueva criatura. Lo que realmente importa es el nuevo nacimiento.

«Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo, para el mundo. Porque ni la circuncisión es cosa alguna, ni la incircuncisión, sino el ser nueva criatura». (GI 6.14-15)

El hombre natural siempre rechaza lo que es interior y espiritual y busca una religión llena de ceremonias externas. Lo hace porque la religión exterior es muy fácil y cómoda, pues participar en ceremonias no exige fe ni cambio de corazón.

No estoy diciendo que el exterior y el físico no tengan lugar en la vida de la iglesia. Existen, pero sólo como señal visible de una realidad interior y espiritual. Todo lo que es espiritual inevitablemente tendrá una realidad exterior, pero no todo lo que es exterior tiene realidad espiritual.

El bautismo es un ejemplo de ello. Él es equivalente a la circuncisión en el Nuevo Testamento, pero necesitamos ser cuidadosos para no enfatizar exageradamente el bautismo colocándolo como medio de salvación. El bautismo es una ceremonia que sólo tiene valor si existe la realidad interior del nuevo nacimiento.

5. LAS OBRAS MUERTAS

El Antiguo Testamento se caracterizó por lo que el hombre podría hacer para Dios, pero el Nuevo Testamento ya no es una cuestión de lo que hacemos para Dios, sino de lo que Él ha hecho por nosotros.

El verdadero arrepentimiento es el arrepentimiento de obras muertas. El autor de Hebreos nos dice que el verdadero arrepentimiento es de obras muertas:

«Por eso, dejando de lado los principios elementales de la doctrina de Cristo, dejémonos llevar a lo que es perfecto, no lanzando, de nuevo, la base del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios«. (Hb 6:1)

¿Qué son las obras muertas? Muchos piensan que se trata del pecado en que vivimos, pero la verdad es que las obras muertas son aquellas que hacíamos con el fin de ganar nuestra salvación. Era nuestra mentalidad antigua de negociación con Dios.

Necesitamos vivir constantemente bajo la verdad del Nuevo Testamento: no es lo que yo hago para Él, sino lo que Él ha hecho por mí. No sólo la salvación, pero toda la vida cristiana se basa en esta verdad. Toda religión enseña que la salvación depende de las obras humanas. Todas ellas enseñan que debemos merecer el favor de Dios a través de nuestras buenas obras.

Por eso, todo religioso es hipócrita, pues él sabe que no consigue agradar a Dios con sus obras, pero aun así insiste en ese camino. La cruz de Cristo anula nuestras obras humanas.

¿Y qué hay en la cruz de Cristo que enraíza al mundo y lo lleva a perseguir a aquellos que la predican? «Cristo murió en la cruz por nuestros pecados, haciéndose maldición en nuestro lugar (Gál. 3:13). De esta forma, la cruz nos dice algunas verdades muy desagradables acerca de nosotros mismos. La cruz muestra que somos pecadores, que estamos bajo la maldición de la ley de Dios y no podemos salvarnos por nosotros mismos. Pablo muestra que si hubiera posibilidad de ser salvos por nuestras buenas obras, ciertamente la cruz nunca habría ocurrido (GI 2:21).

Cada hombre que mira a la cruz oye a Cristo diciendo: «Yo estoy aquí por su causa, y su pecado que estoy asumiendo, es su maldición que estoy sufriendo, es su deuda que estoy pagando, es su muerte que estoy muriendo». La cruz es la prueba divina de que somos malos y merecedores del infierno, muestra el inmenso amor de Dios y prueba que toda la obra de salvación se hace por él.

No sufriremos persecución y oposición si predicamos buenos principios espirituales o el alto padrón moral del cristianismo. El mundo no le importa, pero si hablamos del Cristo crucificado y de su gracia, sufriremos persecución. La gracia anula las llamadas buenas obras y la cruz destruye el orgullo humano. Por eso, el mundo siempre resistirá al mensaje de la cruz.

   

 

      

Seminario de la Visión – Capitulo 3

CADA CASA UNA EXTENSIÓN DE LA IGLESIA

NOSOTROS SOMOS UNA IGLESIA EN CÉLULAS

Es algo realmente gratificante ver tantas personas funcionando como miembros del cuerpo vivo de Cristo, tenemos el privilegio de ver una estructura funcionando con libertad, sin temores y permitiendo el desenvolvimiento del pleno potencial de cada uno.
En esta iglesia ya no tenemos que convencer a las personas al respecto de las células nosotros solamente las vivimos en nosotros día a día, aún tenemos sacerdotes profesionales (nada es perfecto) pero cada creyente está funcionando como un sacerdote, como un ministro.
Veamos ahora el tercer aspecto de nuestra visión «cada casa es una extensión de la iglesia.»
El local donde nos reunimos no es el retrato de nuestra iglesia, ella podría ser vista mejor como un tabernáculo en el desierto deambulando de un lugar a otro, aconteciendo simultáneamente por toda la ciudad en las casas.
En las células existe una movilización natural para ayudar a los necesitados los más viejos enseñan a los más jóvenes lo que es ser un creyente, los pastores entrenan a los nuevos líderes para el desempeño del servicio y todo el cuerpo se moviliza para la fiesta de la cosecha de almas, al final cada célula proyecta reproducirse y multiplicarse una vez por año, hablamos todos un mismo lenguaje y hay una unanimidad santa de propósito entre todos, en nuestro corazón sentimos que estamos volviendo para los primordios de la iglesia del primer siglo.
Nosotros somos una iglesia en células
Cada institución es la cara del local donde se reúnen, pero nuestra iglesia no existe en función del local donde nos reunimos. El local para nosotros es solamente un lugar de entrenamiento y celebración, la vida normal de la iglesia sucede en otros lugares día tras día.
A pesar de que en el Antiguo Testamento Dios ha habitado en un templo esto ya no sucede en el Nuevo Testamento, hoy nosotros somos el templo de Dios Él habita en nosotros, así bíblicamente hablando la iglesia del Nuevo Testamento posee un lugar de reunión mas no posee templos.
Los templos son una gran contradicción del cristianismo en verdad ellos no existían hasta después del segundo siglo, si tú estuvieras en la iglesia del primer siglo tú serías conducido a un grupo pequeño de personas reuniéndose en una casa, no había ningún local especial, sin embargo aquél fue el tiempo en que la iglesia más creció en número y en la vida espiritual.
En verdad esos son los dos objetivos básicos de la iglesia en crecimiento numérico y crecimiento en fe y servicio. Y mira, los locales no ayudan en nada a que alcancemos esto, No estoy en contra del uso de locales como lugares para la reunión de la iglesia, creo que ellos tienen muchas lecciones para enseñarnos.

1.- Locales hablan de inmovilidad

El mover de Dios dice «Id» pero nuestros locales nos dicen «quédense» el mover de Dios dice para que «busquemos a los perdidos», pero los locales nos dicen «dejen que ellos vengan hasta nosotros».
Una iglesia en células es un tabernáculo ambulante, es siempre móvil es peregrina, nuestra identidad no está asociada a los locales, locales poseen una utilidad solamente funcional y no existencial.
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2.- Locales hablan de inflexibilidad

Haga usted mismo un test, vaya a una iglesia donde los locales sean la propia identidad de esa comunidad, evalúe el grado de apertura para los cambios en medio de ellos, puedes tener certeza que el resultado es cero, el local determina el tipo de iglesia que en el se reúnen, todo queda en función del espacio disponible lo que es peor aún al respecto de la falta de flexibilidad es el estancamiento año tras año de aquella iglesia que es la misma, sabes ¿por qué?, porque ella y los locales confunden. Los locales cambian poco principalmente cuando son caros y magníficos.
En la antigüedad, los judíos guardaban vino en odres hechos de cuero de oveja esos odres necesitaban ser untados frecuentemente por afuera para que no se resequen y se parta perdiendo así todo el vino, así la mayor necesidad de un buen odre era ser flexible, esto era necesario por causa de que en la fermentación del vino que emiten gases, estas fuerzan la estructura del odre.
Esa ilustración es increíblemente clara, odres (estructuras) necesitan ser flexibles porque el vino (Espíritu Santo) es algo lleno de vida que produce movimientos y cambios eventuales de volumen. Una buena manera de volverlo flexible es siempre mantenerlo lleno de aceite, nosotros somos una iglesia flexible y abierta al mover de Dios justamente porque nuestra identidad está en las células.

3.- Edificios hablan de Impersonalidad.

Por sí solo los edificios son cosas impersonales a pesar de que en algunos momentos inspiran el culto, transpiran formalidad y distanciamiento, podemos estar alegres, pero cuando entramos en un templo somos alcanzados por un espíritu de impersonalidad, nos volvemos inmediatamente fríos distantes y formales. Ese tipo de problema no existe cuando la vida de la iglesia sale fuera de los límites del templo, a través de las células éstas definen tanto nuestra liturgia como nuestra manera de existir como iglesia.

4.- Edificios nos hablan de orgullo

Una de las motivaciones de la construcción de la torre de Babel fue la perpetuación del nombre de sus constructores, ellos querían volverse célebres y famosos (Génesis 11: 4) grupos que están procurando la ostentación y gloria se preocupan mucho con los edificios.
Al usar la analogía del templo, no estoy diciendo que somos contra los edificios, creo que ellos son inevitables, pero, cuidado cuando la identidad de una iglesia está ligada al edificio entonces la vida ya se fue, lo que resta es una institución muerta.

Se acabó el tiempo en que la vida de la iglesia era algo que sucedía los domingos, en un iglesia de vencedores, ser cristiano es un estilo de vida que practicamos en nuestro vivir diario. La iglesia acontece en todo lugar, en las calles, en los colegios, en los supermercados, Shopings, y por sobre todo en las casas. En un iglesia de vencedores no reclutamos miembros hacemos discípulos, los miembros de la iglesia no pueden alcanzar mucho para Dios, los discípulos sin embargo conquistan naciones. Si la visión entra en ti, donde tú fueras la iglesia irá junto contigo, si tú te cambias para otra ciudad, la iglesia irá junto contigo, no vas a la iglesia llevar cargas, sino cargas la iglesia donde tú vas.

21 días de ayuno – día 11

MOVER DEL ESPÍRITU EN LAS REUNIONES

Después de quince años practicando la visión celular, cada miembro ya está bien acostumbrado con el formato de la reunión de la célula. Hemos sido nutridos y llenos del Espíritu en esas reuniones, pero creo que todavía necesitamos avanzar para practicar un tipo de reunión aún más cercano al modelo bíblico. Según la enseñanza del Nuevo Testamento, hay dos cosas vitales en una reunión de la iglesia: la mutualidad entre los hermanos y el hablar de cada sacerdote. Estos son los dos elementos más importantes en la reunión de célula.

LA MUTUALIDAD

A causa de la enorme influencia religiosa que recibimos, no estamos familiarizados con la mutualidad en las reuniones de la célula. En general, todavía esperamos que una persona dirija la palabra y los demás sólo escuchen. Pero eso no está de acuerdo con el modelo bíblico.
Podemos ver dos tipos de reuniones en el Nuevo Testamento, primero, el día de Pentecostés, cuando Pedro levantó y dirigió la Palabra a más de tres mil personas. Este es un tipo de reunión en la que uno de los cinco ministerios de Efesios 4 está actuando. Parece también que la reunión en que Pablo estaba predicando, en Hechos 20, se encuadra en esa categoría. Se trata de una reunión grande, en la que una palabra especial es liberada por un ministerio. Podríamos llamarla reunión ministerial, ya que es el momento en que alguno de esos cinco ministerios de Efesios 4 está edificando la iglesia.
Pero la reunión de la iglesia propiamente dicha es muy diferente. En 1 Corintios 14:23, Pablo habla de la reunión de la iglesia. Él dice: «Si, pues toda la iglesia se reúne en el mismo lugar […]. Esta, sin duda, es una reunión de la iglesia. La reunión de la célula es indiscutiblemente una reunión de la iglesia. En el versículo 26, dice que el tipo de reunión «tiene un salmo, otro, doctrina, éste trae revelación, aquel, otra lengua, y otro, interpretación.» Este es el patrón de Dios para nuestras reuniones, la mutualidad, cada creyente está allí el uno por el otro, todos ministran de alguna manera con el don que ha recibido.

En las reuniones ministeriales, no existe mutualidad, porque ellas son específicamente para el fluir del don ministerial en la iglesia, pero las reuniones de la célula son las reuniones normales de la iglesia y en ellas la mutualidad debe ser el estándar.
Si no hay esa mutualidad, no podemos decir que tenemos una reunión de célula correcta de acuerdo con el patrón bíblico. Tener una reunión en casa sin la mutualidad hace que la célula pierda su carácter.

Desafortunadamente, muchos de nuestros líderes todavía tratan de reproducir en la célula la reunión de celebración, que es esencialmente ministerial. Hacen de la célula un pequeño auditorio donde uno habla y los demás apenas escuchan. Pero esta es una situación en la que no hay mutualidad.

El único capítulo en las escrituras que enseña cómo debe ser la reunión de la iglesia es 1 Corintios 14. Aquí el elemento clave es la mutualidad. Si no hay mutualidad, entonces no es una reunión de célula. Necesitamos hacernos radicales sobre ese punto.

LA NECESIDAD DE HABLAR

El segundo elemento clave de la reunión de la iglesia en la célula es el hablar de cada miembro. Si nadie habla, eso mata la reunión. Cuando los hermanos se niegan a hablar, eso mata la reunión. En verdad, toda la mutualidad depende del hablar de cada creyente. Hechos 5:42 dice que «todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y de predicar a Jesús, el Cristo». Esta es la descripción de la iglesia después del día de Pentecostés. Después de que miles de personas fueron salvas, ellas pasaron a reunirse en el templo, ciertamente el lugar donde Pedro, Juan y los demás apóstoles predicaban. Esta era una reunión general en la que el ministerio quíntuplo actuaba. Pero la Palabra de Dios dice que ellos también se reunían de casa en casa. ¿Y qué hacían en esas reuniones? El texto dice que se reunían para enseñar y predicar. Podemos decir, con certeza, que repetían la enseñanza y la predicación de los apóstoles en el templo. Había predicación y edificación,sino a través del ministerio de todos los creyentes.

LA ADORACIÓN Y LA MINISTRACIÓN

En 1 Corintios 12:1, Pablo dice: «Sobre los dones espirituales, no quiero, hermanos, que seáis ignorantes». Temo que todavía seamos un poco ignorantes acerca de los dones espirituales. Reconozco que somos todavía muy tímidos en esta cuestión, pero necesitamos cambiar esa historia. La célula es el mejor lugar para practicar y ejercitar los dones espirituales. Nuestra reunión en las casas debe siempre dar espacio para que los dones sucedan.
La gran ventaja de la célula es permitir que los hermanos ejerzan dones y ministerios libremente. Lo que no podrían hacer en una reunión de celebración, debido al tamaño, lo pueden hacer en la célula. El fluir en los dones es ciertamente una parte importante para la iglesia que, como nosotros, cree en la unción del Espíritu.
En el versículo 2, él continúa: «Sabéis que, antes, cuando erais gentiles, dejáis conduciros a los ídolos mudos, según éramos guiados». En otras palabras, lo que Pablo está diciendo es: «Cuando eran gentiles, ustedes adoraban ídolos mudos que no hablan, así que ustedes se volvieron mudos como ellos, pero ahora ustedes adoran a un Dios vivo, que habla, y, por esa adoración, ustedes pasaron a hablar también. Por eso, yo siempre digo que un creyente oprimido siempre es silencioso en el culto, pero un creyente lleno del espíritu desborda de un hablar espiritual.
Antes, cuando vivíamos en la religión y en el culto idólatra, no teníamos necesidad de hablar. En verdad, la gran característica de los cultos paganos es el silencio. No podemos continuar en silencio después de ser llenos de aquel que es llamado Verbo de Dios. Ser lleno de Cristo es ser lleno de la palabra. No hay adoración muda en la casa de Dios. Los hermanos necesitan hablar en la célula. Entre en cualquier templo pagano y verás que allí la adoración a los ídolos es completamente muda, silenciosa. En una adoración muda, no hay fluir de nada espiritual. Pero nosotros los cristianos adoramos a un Dios vivo, que habla todo el tiempo. Nuestra adoración a Él nos hace oradores.
Hebreos 1.1-3 dice que nuestro Dios habla. Él habló en el Antiguo Testamento y ahora habla en el Nuevo Testamento. Él es el Dios que habla, y nosotros sus hijos también tenemos que hablar. Si usted vive en silencio en la reunión de la iglesia, usted se asemeja a los adoradores mudos. En 1 Corintios 12.2-3, Pablo aún completa:

«Sabéis que, antes, cuando erais gentiles, dejáis conduciros a los ídolos mudos, según éramos guiados. Por eso os hago comprender que nadie que habla por el Espíritu de Dios afirma: Anatema, Jesús! Por otro lado, nadie puede decir: ¡Señor Jesús! sino por el Espíritu Santo». (1 Co 12;2-3)

La adoración a los ídolos nos hace mudos, pero cuando vamos a Dios, Él nos hace hablar. El principio es que todos los que están en el Espíritu invocan al Señor Jesús. Todos los que están llenos del Espirito hablan.
Pablo dice que la señal de que tenemos el Espíritu es el hecho de clamar a Jesús como Señor. Aunque no sienta nada, usted necesita descansar en la verdad de que Él está en usted. La prueba de ello es su clamor por Cristo.
Algunos piensan que no tienen la unción del Espíritu, pero después de leer que nadie puede decir: «Señor Jesús», sino por el Espíritu Santo, ¿qué dirá? Usted ha clamado: «Señor Jesús, te quiero?». ¿Sí? Entonces tienes el Espíritu Santo. ¿Y cómo lo sabe? Porque la Biblia dice. No diga: «Porque yo lo siento». Los sentimientos son como las nubes que flotan en el aire. Ellos vienen y van. No confíe en sus sentimientos.

LA MANIFESTACIÓN DEL ESPÍRITU

En el versículo 7 de 1 Corintios 12, Pablo dice que la manifestación del El Espíritu se concede a cada uno con vistas a un fin provechoso. Pero ¿cuál es la forma en que el Espíritu se manifiesta? Pablo responde en el verso siguiente:

«Porque a uno se le da, mediante el Espíritu, la palabra de la sabiduría; a otro, según el mismo Espíritu, la palabra del conocimiento; a otro, en el mismo Espíritu, la fe y el otro, en el mismo Espíritu, dones de sanación; a otro, operaciones de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a una, variedad de lenguas y a otro, capacidad para interpretarlas». (1Co 12:7)

La primera manifestación del Espíritu mencionada es la palabra de sabiduría; después, la palabra del conocimiento. Esto debería marcar nuestras reuniones en la célula. Debemos estar llenos de palabras de sabiduría y de conocimiento. En las reuniones, la palabra de sabiduría ciertamente tiene una posición de mayor importancia, porque es el primer don mencionado por Pablo.
¿Qué es la palabra de sabiduría? Es la sabiduría divina sobrenaturalmente transmitida por el Espíritu Santo. Ella nos proporciona la sabiduría inmediata para que sepamos qué decir o hacer en una situación dada. Este don nos capacita para hablar y actuar con sabiduría divina y así asegura el uso y aplicación correctos de otros dones en la reunión. Cuando la palabra de sabiduría está ausente, los otros dones pueden ser usados de manera equivocada, lo que causa mucha confusión.
Sin embargo, junto con la palabra de sabiduría, necesitamos tener en la reunión la palabra de conocimiento. La palabra de conocimiento nos da ciertos hechos e informaciones a través de una revelación sobrenatural del Espíritu Santo. Son informaciones y conocimiento que no podrían haber sido obtenidos de ninguna forma natural. Se transmiten sobrenaturalmente.
Pablo continúa diciendo que la manifestación del Espíritu incluye el don de la fe. La fe aquí y el tipo de fe que puede quitar montañas. Esta es una fe a través de la cual Dios sobrenaturalmente vacía a la persona de cualquier duda y la llena con una fe especial que la capacita para realizar el propósito de Dios, a pesar de todas las circunstancias contrarias y contradictorias de la vida.

Después, Pablo habla de dones de sanación y operaciones de milagros. Los dones de curar actúan sobrenaturalmente para curar enfermedades y enfermedades sin ningún recurso humano. Es el poder del Espíritu Santo que viene por encima del cuerpo de una persona, disolviendo sus enfermedades y sacando sus dolores para curarla.

El uso de los sustantivos en el plural indica que la curación es para todo tipo de enfermedad, pero también puede indicar que una persona tiene el don de curar sólo un cierto tipo de enfermedad, mientras que otro hermano tiene el don de curar otro tipo.
Estas son las obras de poder. Tres cosas se mencionan: la fe para quitar montañas, la cura de las enfermedades y las operaciones de milagros. Después, se dice que a otro se le da la manifestación de la profecía. Este es el don considerado más importante para la edificación de los hermanos. Pablo dice que debemos pedir cualquiera de los dones, pero principalmente el don de profecía. Todos pueden profetizar (1 Co 14:1)
Profetizar es también hablar. La palabra de sabiduría es para hablar, la palabra de conocimiento es para hablar y la profecía es para hablar. Vea cómo la cuestión de hablar en la reunión es importante. Si no hablamos, ninguno de estos dones puede manifestarse.
Después, se dice que a otro se le da el discernimiento de espíritus. Esta es la capacidad para discernir qué espíritu es de Dios y cuál no es de Dios. Es un don muy necesario en la liberación de personas oprimidas. Después del discernimiento de espíritu, viene la variedad de lenguas y la capacidad de interpretarlas. Lenguas más interpretación es igual a la profecía. Estos son nueve dones de la manifestación del Espíritu en la reunión de la iglesia.
En 1 Corintios 14:26, Pablo dice: «¿Qué hacer, pues, hermanos? «Cuando os reunís, uno tiene salmo, otro, doctrina, éste trae revelación, aquel, otra lengua, y otro, interpretación.» Un salmo no es sólo para cantar, sino que es también para hablar. Efesios 5:19 nos orienta que hablamos unos a los demás con salmos, himnos y cánticos espirituales, y lo interesante es que él dice para hablar unos a otros incluso puede hacerse cantando. Ni tengo que decir que la doctrina y la revelación son un tipo de habla. Es interesante que cuando Pablo habla de la manifestación del Espíritu, él menciona nueve dones, de los cuales cuatro están relacionados con milagros: la fe, la cura, los milagros y el discernimiento de los espíritus, y cinco están relacionados con el hablar de los creyentes: palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento, la profecía, las lenguas y la interpretación de las lenguas.

Pero después, cuando se habla de las reuniones de la iglesia, en 1 Corintios 14:26, no se refiere a sanaciones o milagros. Todo lo que dice se refiere al hablar. Ustedes deben salmodiar. Esto significa que hay que hablar o cantar. Necesitan vocalizar. Después, necesitan enseñar hablando. Necesitan dar una revelación hablando. Necesitan hablar una lengua e interpretarla hablando. Todo es por medio del hablar. Entonces, ¿qué tenemos que hablar? Pablo dijo en 1Corintios 14:1 «Seguid el amor y busquen, con celo, los dones espirituales, pero principalmente que profetizeis». La palabra profetizar significa tres cosas. Primero, profetizar es hablar por Dios, es decir a la gente algo de Dios de forma viva y conmovedora. En segundo lugar, es emitir el parecer de Dios, es decir, es hablar para exhortar. En tercer lugar, es predecir, decir de antemano algo que sucederá.
Creo que todos estos aspectos deben suceder entre nosotros. Necesitamos profetizar. Y muy importante que haya profecía en las personas de la célula, porque éste es el patrón del Nuevo Testamento. Estamos acostumbrados a pensar en profecía sólo como pronóstico, pero la profecía es también para dar diagnóstico. Necesitamos todos hablar por el Espíritu en nuestras reuniones edificando, consolando y exhortando.
«Cuando os reunís, uno tiene salmo, otro, doctrina, revelación, aquel, otra lengua y otro, interpretación. Sea todo hecho para la edificación» (1 Co 14;26).
Cada uno tiene algo: usted tiene salmo, yo tengo enseñanza, él tiene revelación, otro tiene lengua, y el quinto tiene interpretación. Esta es la riqueza de la vida de la iglesia en la célula. Necesitamos vivir esa realidad.
Esta es la mutualidad. Un equipo de baloncesto tiene cinco jugadores. Si un jugador retiene la pelota sólo para sí y nunca la suelta, eso no es mutualidad, sino individualidad. El principio es igual para las reuniones. Debemos practicar la mutualidad. Si, durante una reunión sólo una persona habla todo el tiempo, todos saldrán con la impresión de ser pobres. Pero si todos hablan mutuamente, la reunión será tremendamente poderosa.

CREEMOS, POR ESO HALLAMOS

Siempre que decimos que todo creyente necesita hablar en las reuniones, algún hermano se opone diciendo que no tiene el don de hablar. Pero en 2 Corintios 4.13, Pablo dice que el que cree también habla:
«Pero teniendo el mismo espíritu de fe, como está escrito: Yo creo; por lo cual también hablé. También nosotros creemos, por eso también hablamos». (2 Co 4;13)
.

La expresión «espíritu de fe» aquí podría ser traducida también como una actitud de fe. Cuando somos llenos del Espíritu, podemos tener un espíritu de fe.

La fe sólo se vuelve sustancial cuando se habla. Si creemos, pero permanecemos en silencio, esa fe no puede actuar. Si observas atentamente en la Biblia, verás que las cosas de Dios son recibidas cuando hablamos.
En el Salmo 91, hay una serie de bendiciones prometidas, pero sólo en el verso 9, tenemos la clave para recibirlas: «Pues dijiste: El Señor es mi refugio». Es porque se ha dicho que ahora las bendiciones se derramarán.
En Romanos 10:9-10, leemos que un hombre sólo puede ser salvo si abre la boca y confiesa. No hay salvación en silencio, pues quien cree necesita hablar.

«Si, con tu boca, confesares a Jesús como Señor y en tu corazón, crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa para salvación». (Rm 10.9-10).

Incluso para ser llenos del Espíritu, necesitamos hablar. Efesios 5:18 dice que la manera de ser llenos del Espíritu es «hablando entre vosotros». Nadie es lleno del Espíritu en silencio.

«Y no os embriaguéis con vino, en el cual hay disolución, más bien llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, entonando y alabando de corazón al Señor con himnos y cánticos espirituales». (Ef. 5.18-19).

El problema es que siempre estoy oyendo a alguien diciendo: «Usted sabe, pastor, que yo soy un hermano simple, no sé si tengo algo para hablar». Tal vez alguien diga: «Bueno, ustedes saben que soy simplemente una hermana, no sé si tengo algo para hablar».
Esta es una mentira del diablo. Por años, el enemigo ha usurpado a los cristianos. Él nos ha enmudecido. Por años, hemos quedado sin hablar en las reuniones. Es hora de ponernos de pie y reprender al enemigo diciendo: «Apártate de mí, Satanás, no creo en sus mentiras, no soy mudo, no sirvo a un ídolo mudo, yo le creo a un Dios vivo que habla y él está hablando dentro de mí ahora mismo!». El Espíritu Santo habla hoy y Él habita dentro de mí, he experimentado el poder de Dios y su unción permanece en mí, Cristo es mi vida, tengo fe para hablar de forma espiritual de las cosas del Espíritu.
Yo sé que ya hemos tenido el momento del compartir en nuestras reuniones, pero hoy estoy hablando de algo aún más precioso. Necesitamos hablar para manifestar el Espíritu entre nosotros. Que el Señor pueda llenar nuestras células de su poder en estos días!.

Seminario de la Visión- Capitulo 2

CADA MIEMBRO UN MINISTRO

«Nuestro encargo es edificar una iglesia de vencedores donde cada miembro es un ministro y cada casa una extensión de la iglesia, conquistando así a nuestra generación para Cristo a través de las células».
Nuestra visión es un encargo en nuestro corazón. Hay una diferencia entre cargo y encargo, cargo es la posición que las personas asumen dentro de una organización, encargo es un deseo profundo en el corazón compartido por aquellos que hacen parte de un mismo organismo. El encargo procede de un deseo profundo en el corazón, cargos son posiciones que generan el status, encargos son sueños del Espíritu, quien trabaja por cargo necesita ser supervisado todo el tiempo, no tiene motivación para crear nada, sólo hace cuando le mandan, quien tiene encargo está dispuesto a dar su propia vida por el objetivo propuesto.
Existen dos tipos de líderes que no queremos en esta iglesia, aquellos que no hacen lo que se manda hacer y aquellos que sólo hace lo que se les manda hacer, los primeros son ineficaces y los segundos poseen solamente el cargo, pero no tienen encargo. El tipo de líder que recibió el encargo es aquél que no solamente hace lo que se le manda si no va más allá, él crea, él sueña y realiza más allá de lo que se le ha pedido. Son hombres que están dispuestos a derramar su sangre, sudor y lágrimas como decía Wistón Churchill.

El clericalismo

Existe un gran impedimento para la visión, de que cada creyente es un ministro, es el clericalismo, el clericalismo es el sistema que surgió dentro de la iglesia después del IV siglo, que estableció que en la iglesia hay dos tipos de personas. Los clérigos y los laicos. Aquellos especialmente tocados y capacitados son llamados clérigos (son los sacerdotes, los reverendos, doctores en divinidades, etc.) la otra clase es de los ignorantes e incapaces son llamados laicos el sistema de clérigos y laicos es totalmente maligno es una gran amenaza, pues él anula completamente el concepto básico de sacerdocio universal de los creyentes, o sea la verdad de que cada creyente es un ministro.
Lamentablemente la mayoría de las iglesias es predominada por el clericalismo, los miembros no funcionan, se tornan aletargados, el enemigo ha conseguido anestesiar a los miembros para que no funcionen.
En nuestros días hay dos tipos de clericalismo, el primero es aquel entre los propios clérigos, se colocan encima de los laicos afirmando que son ellos los que saben, los que conocen y por tanto son irrefutables. Llegan a prohibir a los miembros de predicar, enseñar o hacer cualquier otra cosa, en este ambiente la única función de los miembros es ir a la iglesia sentarse en el banco mirar al frente a fin de oír al predicador.
Cierto artista plástico fue invitado a pintar un cuadro, que fuese el retrato de la iglesia, sorprendentemente él pintó un monte de nalgas con dos ojos salientes y enormes encima, aquel cuadro lamentablemente traduce la realidad de muchas iglesias un monte de nalgas con dos ojos salientes, los miembros sólo saben sentarse y mirar para el frente nada más.
El segundo tipo de clericalismo es consecuencia del primero en este el pueblo está tan acostumbrado a la situación que contratan un predicador profesional, un funcionario del púlpito, a éste le exigen que haga la obra de Dios mientras los miembros solamente dan el dinero, en el primer caso el clero prohíbe al pueblo de hablar, en el segundo el pueblo se calla deliberadamente y contrata un profesional para expresarse en su lugar.

Cada creyente es un ministro

En la mayoría de las iglesias hoy no hay ningún censo del cuerpo de Cristo o estructura donde los miembros puedan estar envueltos de manera funcional. Por causa de esto la mayoría por decisión personal escoge sentarse en los bancos del local de la iglesia dispuestos a no involucrarse, al contrario de esta concepción, en la visión de células no hay como omitir o no involucrarse, estar en la visión es estar comprometido.
Creyentes que no se involucran son creyentes parásitos ellos esperan ser mimados, ministrados y entretenidos por la iglesia en cambio son contabilizados en la estadística y eventualmente dan una ofrenda o algo parecido para mantener el sistema, ese tipo de creyente hace parte de los 85% de los miembros que son cargados y ministrados por los otros 15%.
No hay en la iglesia convencional ningún contexto en la cual el creyente pueda ser entrenado para producir, en vez de consumir, ya en la iglesia en células sus miembros tienen la oportunidad para desenvolver sus propios potenciales y tornarse productivos. Lamentablemente esa dinámica no está siendo experimentada en la mayoría de las iglesias cristianas, hoy muchos de sus miembros frecuentan fortuitamente solamente las reuniones dominicales y no se disponen envolverse en los programas de actividades de sus iglesias, consecuentemente se transforman solamente en un dato estadístico del informe anual de actividades de la iglesia “X”., donde figuran en el gráfico de los calentadores de bancos, de los contribuyentes del sistema o de los espectadores sin importancia.
El sistema de Jesús fue proyectado para resultar en productores y no en consumidores o parásitos, necesitamos retornar a esos días, al fundamento del sacerdocio universal del creyente, a la verdad de que cada uno de nosotros es un ministro (1 Pedro 2:9).
No existe en esta iglesia un departamento, un programa de células, nuestra meta es aún más ambiciosa, nosotros queremos restaurar el modelo de la iglesia del Nuevo Testamento con un nuevo tipo de miembro, esto en verdad representa el restablecimiento del paradigma original de la iglesia, donde el miembro no sea más un mero consumidor espiritual en el Shoping de la iglesia sino en un productor útil y fructífero en la familia de Dios.
Muchos encaran la iglesia como una prestadora de servicios espirituales donde pueden buscar cuando desean una ministración fuerte, una Palabra interesante, una clase apropiada para sus hijos, un ambiente agradable, etc. cuando por algún motivo los servicios de la iglesia caen en calidad, sus consumidores salen y buscan otro Shoping espiritual más eficiente. Miembros así no tienen alianza con el cuerpo.
Jesús nos llamó para hacer discípulos y no solamente convertidos, por esto queremos ser un pueblo con una vida cristiana sólida, con práctica constante de oración y lectura de la Palabra de Dios, queremos ser un pueblo cuyos hogares son calentados por el amor. Queremos ser una comunidad que sirve a Dios de acuerdo con sus dones en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en otras palabras nosotros deseamos ser ministros.

¿Cómo es que un creyente se vuelve en un ministro?

Existe una diferencia entre tener la visión, y la visión tenerte a ti, tener una visión no es algo difícil basta con cambiar nuestra terminología, pero ser conquistado por una visión completamente diferente implica un cambio de mentalidad. Cuando el creyente comprende que él debe producir, y no simplemente consumir una verdadera revolución acontece en su postura en relación a la iglesia local.
 El no se preocupa más en saber lo que aquella iglesia le puede ofrecer, antes se preocupa en saber cómo puede ser útil allí.
 El no responsabiliza más al pastor o algún líder por su crecimiento espiritual, porque sabe que puede y debe tener intimidad con Dios sin intermediario alguno.
 El encara sus propias guerras y aún tiene disposición para dar apoyo y socorro a los nuevos convertidos, en sus luchas.
 Si tuviera que irse a otra ciudad, él sabe que la iglesia va junto con él, él sabe que aunque esté distante del local, la iglesia acontece donde él esta.
Alguien conquistado por la visión es consciente de sus dones y de que debe usarlos para la edificación de otros miembros, esta visión a pesar de ser revolucionaria no es nueva, desde los tiempos de la reforma protestante ya se hablaba del sacerdocio universal de los creyentes, estamos solamente retornando a los orígenes y procurando vivir según el padrón de Dios.

NOTAS

1.- Situación atribuida a Henrry Ford en el libro «Pequeño manual de administración y negocios» (United Press, 1998).

  1. – Ralph Neihbour, Where do w ego from here (Touch publications, 1990).
    3.- Bill Beckham, Manual del año de la transición (Ministerio Iglesia en células 1995)
    4.- Si ud. desea saber más sobre el principio de discipulado lea «Juan Carlos Ortiz el discípulo (Ed. Betania 1980).

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